Mi alma gemela, Marta Minujín y yo

Lovely Planet

Mi alma gemela se llama Verónica. Es abogada. Nació el mismo mes que yo, mayo, una semana después, pero dos años antes. No nos reconocimos mirándonos a los ojos, ni hablando de las cosas que importantes de la vida. Fue mucho más fácil: nos mostramos los celulares y nos dimos cuenta de que las dos compartíamos el mismo color de alma, verde. Al menos, eso aseguraba la app que Marta Minujín había creado para que el destino – en formato de performance artística – nos cruzara hoy sobre el Puente de la Mujer.

Publicada en La Agenda

A mi el verde ese de mi alma no me gustaba nada, pero ella me cayó bien así que hice lo que Marta me había dicho que hiciera horas antes, a través de una notificación desde esa misma app. Saqué un espejo de mi cartera, lo puse a la altura de su cara y la reflejé. Ella hizo lo mismo. Se vio en mi. Yo me vi ella. Procedí, entonces, con las otras indicaciones. La abracé y juntas gritamos “arte, arte, arte” envueltas en una melodía mágica  que  soundtrackeaba perfecto nuestro encuentro y el frío y el viento que hacían arriba de ese puente. No estábamos solas pero nadie nos miraba realmente. A nuestro alrededor, cerca de trescientas personas posaban sus ojos en el cielo, esperando a Marta que pronto aparecería volando sobre nuestras cabezas.

No me sentí una ridícula abrazando a una desconocida y gritando esas palabras. Eso que estaba haciendo en plena performance “Encuentra a tu igual”, el acto de cierre de la Bienal de Performance 2015, no era mi primer acatamiento fundamentalista a algo que me pedía la anfitriona a través de su aplicación para smartphones, diseñada especialmente para la ocasión. Muy comprometida con la obra, durante las semanas anteriores, había hecho cosas aun más raras. Sólo unos días antes por ejemplo, había visualizado a mi alma y le había mandado luz. No tenía muchas más indicaciones que esa: la de visualizar a mi alma y mandarle luz,  así que esperé a despertarme la mañana siguiente para estar bien cargada de energía, y ahí imaginé que un haz de luz salía desde mi plexo solar y atravesaba la ciudad para depositarse en una manchita verde (como mi alma) posada en algún punto del mapa de Capital. Tomé la idea del GPC que vino con la app. Días después, fui un poco más lejos: acaté la consigna de comer algo dulce pretendiendo que era muy salado. La orden me llegó mientras estaba en la redacción y no me importó. Me puse un caramelo en la boca y les dije a todos que era un asco de lo salado que estaba. Mis compañeros me miraron con un gesto ubicado entre la vergüenza ajena, la diversión y la incredulidad. A mi no me importó. Seguramente era ridículo lo que estaba haciendo pero más ridículo me parecía decidir participar de una performance y no hacerla entera.

Verónica y yo

No es sólo que cumplir órdenes delirantes siguiendo pasos arbitrarios me divertía, es que había decidido apostar a la estirpe de Marta como psico-maga, y decretar además, que participar de algo así tendría consecuencias cuánticas en mi vida. Entiendo por “consecuencias cuánticas”, a los efectos emocionales que son imperceptibles a simple vista pero potentes en el largo plazo. De vez en cuando le pongo una ficha a lo irracional. Encuentro que hacer eso es el perfecto antídoto (o al menos atenuante) contra este asqueroso cinismo que supe en mi cultivar a través de años de porteñidad mezclados con periodismo. No se puede ir por la vida así. Sé que cualquiera llamaría superstición y pensamiento infantil, a este proceder performativo de obedecer cualquier cosa. Pero tildar a la fe de  “superstición” es subestimar a la siempre imponderable ley de causa y efecto. Yo comprendo que, como decía Alejandro Jodorowski,  la psicomagia apela a la asociación intuitiva de acciones y elementos para liberar potencialidades ocultas tras las trabas de la razón. Y decidí obedecer a Marta porque comprendo también que, para llevar adelante esos rituales, no hay que cuestionarlos demasiado, solo hay que creer que ciertas personas tienen el poder de armar psico-rituales colectivos y destrabarnos masivamente. Yo estaba convencida de que esta era un perfecta oportunidad para convalidar mis creencias.

Para ser muy, muy honesta, la verdad es que no estaba tan segura de nada de todo esto, pero al final de cuentas, el plan me parecía divertido. ¿Correr el riesgo de ser tonta, infantil y quedar como un tarada? Claro, pasenme el día y lugar. Pocas zonas hay más interesantes que la banquina.

En un contexto de semejante compromiso personal, lo único que me estresaba realmente era no tener ropa de invierno blanca. Y es que justamente, ropa blanca y un espejo eran los dos elementos que nos pedía Marta para encontrarnos e identificarnos en ese puente. Lo resolví también de una manera ridícula: revolviendo el canasto de la ropa sucia y envolviendome con la sábana blanca que se suponía que llevaría estos días al lavadero. Caminé por Puerto Madero así, vestida de fantasma, pero entusiasmo no solo mata miedo, también mata vergüenza. Cuando llegué al puente, me tranquilizó darme cuenta que pocos habían aceptado el desafío de la blancura, y me la saqué.

Marta llegó en helicóptero. La musiquita mágica del puente se mezcló con el arrullo hollywoodense de su vehículo y simultáneamente, ella desde arriba, y algunos chicos desde abajo, comenzaron a arrojarnos pétalos de crisantemos y margaritas, reales, coloridos y fragantes. Un impresionante olor a flores algo pasadas, invadió el puente. “Levanten sus espejo hacia mi”, pidió a través de los parlantes. Durante unos quince minutos todos sacudimos nuestros espejitos al cielo. Muchos, al grito de “Genia Marta”.  Era difícil no olvidarse de sacudir las manos y quedarse absorto mirando como el  marrón del río se manchaba con los colores de los pétalos. No puedo ni imaginarme la cantidad de toneladas de flores que Marta arrojó desde ese helicóptero. No terminaba nunca. Exitadisimos, algunos de los presentes se abrazaron a sus almas gemelas (o a cualquiera que estuviera a su alrededor) y gritaron “arte, arte, arte”. La mayoría no. La mayoría ni siquiera se esforzó por ver con quienes coincidían sus colores. Estaban disfrutando la perfo pero no la acataban. Eso me enfureció.

Yo, que obedecí todo, me enteré que Verónica era mi alma gemela porque teníamos una amiga en común que nos avisó ahí sobre el puente. Enseguida quise ver qué tan parecida a mi era. Le pregunté si ella también había contestado a la app de Marta, que su aspiración en la vida era ser presidente (las otras opciones del multiple choice eran muy poco ambiciosas). Le pregunté si, como yo, era fanatica de Michael Jackson y si se estaba tomando todo esto seriamente. Su respuesta me sorprendió y cambió todos los colores que yo estaba viendo hasta el momento. A sus treinta y cuatro años, hacía ocho meses, Verónica se había enterado de que tenía cáncer. El pañuelo blanco en su cabeza no era parte de la perfo sino de su rutina este último tiempo, que se estaba sometiendo a quimioterapia. Me contó que la noticia de la enfermedad le había significado un quiebre y que a raíz de eso había decidido reconsiderar su manera de expresarse. Siendo abogada, me dijo, estaba acostumbrada a cargar las palabras con un peso que no le hacían nada bien, por lo que ahora se había volcado hacia la poesía y la performance, que en vez de cerrar sentidos en jaulitas agobiantes, los abría, los hacía volar, los alivianaba. Al igual que yo, Verónica sospechaba que si uno se liberaba del prejuicio del mundo formal (algo dominante en el mundo de las leyes), las performances colectivas o personales, podían curar o descongelar ciertos músculos psíquicos internos, ya que proponían sentir cosas que no están demasiado contempladas en nuestro rango de emociones ordinarias. Hablamos un largo rato sobre lo que haría con el puñado de flores que, como muchos otros presentes, se llevaba dentro de  un gorrito de lana. “Yo los voy a poner en la bañadera y me voy a dar una baño de inmersión”, dijo alguien, entusiasmadisimo. Ella aún no sabía, lo iba a pensar. Confesó que veía un montón de signos de preguntas en esas flores. Nos volvimos a abrazar y nos despedimos.

No conocí al amor de mi vida en ese puente. Ni siquiera me llevé una noche hot. No se si Verónica se convertirá en mi amiga (nos pasamos los facebook), ni si nos volveremos a ver. Pero en la era de las relaciones entre perfiles, en la era de Tinder, Happn, Snapchat y Badoo, alguien conmigo había sido real. Así que si, puedo afirmar que en ese puente, durante la performance de Marta Minujín, entre flores, sábanas y helicópteros y durante el cierre de la Bienal de Performance 2015, yo encontré un alma.

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