El Club de la Pelea Anti Patriarcal

Le Sex

En un barrio ensiestado, de quioscos y almacenes cerrados, un par de decenas de personas comienza a dar fe de aquello que asegura que las cosas más interesantes ocurren en los barrios comunes, sin anuncios en Facebook ni hashtags en Twitter. Son las 6 de la tarde, el sol brilla y el galpón, como las cuadras a su alrededor, aparenta estar en plena calma. Nada parece estar pasando detrás del portón de chapa negra. Pero no es cierto.

Nota publicada en Suplemento Sábado, Diario La Nación

A pocas cuadras de un territorio indiscutiblemente masculino de Capital Federal, repleto de talleres y fábricas, una organización llamada Skinheads Antifascistas convocó a una mélange insólita que puede resumirse en dos palabras: boxeo antipatriarcal. Desde un Fight Club propio cuestionan los valores, la estética y la actitud sobre los cuales se construyen los machos héroes del boxeo. Y respaldan su visión con marcos teóricos audaces y rupturistas. No se trata sólo de hombre o mujer, violencia o paz. Cuando el anarqueersmo se sube al ring, casi no hay idea que no reciba una buena paliza.

En la entrada de este particular Club de la Pelea, un cartel da la bienvenida a inmigrantes y refugiados. “Ninguna persona es ilegal”, asegura. Las reglas de convivencia quedan establecidas a pocos pasos de aquel portón negro: acá no se permite el machismo, la misoginia, la transmisoginia ni la homofobia. Tampoco se admite la crueldad animal. En el buffet los productos son veganos y la promo que nutre a los peleadores es de hamburguesas de lentejas o garbanzos y jugos. Como un enorme garaje, el club es de cemento rústico pintado, está sudado y no tiene ventanas. Su planta baja se divide en dos. En el segundo cuerpo hay un escenario y un ring. Ahí apenas se ve el revoque. Las paredes están cubiertas por arte queer: ilustraciones inspiradas en Disney, firmadas por un tal Ninja Rojo, mezclan un trazo fantasioso con frases y evocaciones a la cultura “popno” (pop y porno). Pronto, en este suelo habrá sudor y purpurina en las mismas proporciones.

Como en cualquier club de boxeo hay peleadores grandes, fuertes, toscos, con imágenes de la Virgen y el Gauchito Gil tatuadas en sus torsos, y orgullo por los modales simples y rudos. Pero a diferencia de cualquier otro club, acá esos hombres comparten espacio e incluso entrenan a militantes veganos, a feministas con pelos de colores, a chicas trans y drags que con el mismo orgullo se abren paso entre tipos que bien podrían no tener espejos en sus casas. Sobre el ring no sólo se intercambian secretos estratégicos, también expanden cosmovisiones. En este mejunje de cerámicas y pestañas postizas, que forma una de las nuevas células más modernas que existen en esta ciudad, aquello de “la imaginación al poder” se vuelve real. ¿Es un búnker político? ¿Apolítico? ¿Estético? ¿Un juego? ¿Un gimnasio o un centro cultural? Las nuevas configuraciones culturales ya no podrán ser encasilladas en las viejas categorías. Su apariencia mucho menos. En este espacio no se reniega de lo bello ni de lo feo, de lo académico ni de lo visceral. El cocoliche que se crea da como resultado una atmósfera explosiva de la que surgen fusiones inesperadas.

“Mirá Ninja! Un boxeador de verdad!”

Antes de las piñas, antes de que las drags tomen el ring para boxear “Dirty” de Christina Aguilera, antes de que una de ellas se convierta en la presentadora que anuncia los rounds, en el salón previo al del ring se entrenan ideas. Como una suerte de feria punk, en mesas de madera se exhiben cientos de fanzines que evocan la estética y la filosofía “Do it yourself”. Este “Do it yourself”, sin embargo, no es el mismo que aquel que todos conocemos. Va más allá de gestionar fiestas, más allá de grabar la música propia y de pegar tachas en un jeans. Va más allá de los fanzines hechos con fotocopias y abrochadoras. “Hacelo vos mismo” en la era del tutorial web ya no alcanza. La consigna hoy es más desafiante: “Hacete vos mismo”. Lo que hoy representa el tipo de rebeldía capaz de asustar a cualquier padre no tiene nada que ver con alfileres de ganchos ni crestas. Hoy el “Do it yourself” se propone arremeter de frente no sólo contra las categorías de clase social y la moral heredadas, sino también contra algo contra lo que las generaciones anteriores nunca se animaron: el género.

No importa qué tan alternativo sea el contexto, es en esta voluntad de cuestionar al macho desde las entrañas de un club de pelea en donde se encuentra la verdadera alternatividad y novedad de la movida. Pero no es sólo al macho al que se lo cuestiona, es a la distinción entre sexos, a los formatos de relaciones establecidas y a la obligación de definirnos a través de lo que hacemos con lo que tenemos entre las piernas. “Hombre es una mala palabra, por qué definir es crear una prisión”, “Sobre intersexualidad: textos sobre silencio, ocultación y amputación de cuerpos intersexuales”, “Hacia un transfeminismo insurreccional” son sólo algunos de los títulos que se pueden comprar a precio a voluntad. La mayoría de los textos provienen de una “distribuidora insurreccionalista” llamada peligrosidad social que se encarga de la difusión de artículos agrupados por temas: liberación animal, salud, okupación, drogas, revisiones históricas y, en especial, lucha queer y feminista. Los discursos salen de claustros universitarios y organizaciones militantes, y son definidos como “Foucault para encapuchados”. Los interesados en difundir las ideas que ellos agrupan pueden compartirlas en redes sociales claro, pero también pueden descargarlos y venderlos con una única condición: que lo recaudado se destine a proyectos afines.

En la “pista” suena Bob Marley, suena The Clash y Ru Paul. La música sólo se interrumpe cuando los profesores suben a pelearse. Mondula Méndez, 1.95, en tacos, se contorsiona con un cartel que indica el número de round. Sus brazos son casi más gruesos que los de los peleadores porque también entrena. Junto a ella, drags llamadas Ana Abierta, Dixit Letit y Sónica Valentín arman un juego: “Maltrato al macho”.

Cuando la pelea sobre el ring finaliza y Lady Gaga explota en los parlantes, ellas buscan hombres heterosexuales para encapuchar y atarlos con correa. Los pasean por la pista entre aplausos y ovaciones. Son muchos los que se ofrecen para ser “maltratados”. Todos terminan en un trencito que finaliza cuando Dixit y Sónica toman el ring para pelearse coreográficamente. Se arrastran, se arrodillan, gatean.

Para cuando terminan, el galpón es una fiesta. El barrio nunca se enteró.

 

 

 

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