¿Para qué sirve lo que no sirve en Alemania?

Lovely Planet

Ningún tren llega tarde. Ningún colectivo improvisa su parada. No hay residuo que no se recicle, ni ornamento que no esconda al menos, una funcionalidad. Esto es Alemania. En este país parece no existir peor barbaridad que perder el tiempo en algo poco eficaz, o cuya utilidad no esté testeada. Tenía que haber, en algún rincón, una rejilla en la que las corrientes de la racionalidad depositaran lo que no cabe, lo que nadie sabe para qué sirve, lo completamente inútil. Yo la encontré. Se llama Platine Fest

Nota publicada en Suplemento Sábado, diario La Nación.

En la ciudad de Colonia, a espaldas de la Gamescom, el festival de videojuegos más convocante de Europa, hace pocos días, se formó una de estas rejillas. Mientras miles de gamers y nerds corrían tras el último lanzamiento de los desarrolladores más grande del mundo,  el “under de los freaks” armó rancho propio. Lo llamó “Platine Fest” y lo convirtió en un incubadora de ideas exóticas. Tomaron el territorio de Ehrenfeld, uno de los barrios más arty de la ciudad, y se expandieron a través de un circuito compuesto por un bunker de guerra, una fábrica de ascensores abandonada, una metalúrgica caída en manos de djs y un circuito de galpones “tomados”. La modalidad de “toma” por estas latitudes, cabe aclarar,  incluye en realidad, un permiso del estado para que los artistas auspicien de custodios de espacios y terrenos, hasta que este decida su destino final.

Un patio de juegos

La rejilla “Platine Fest” existe desde hace seis años bajo una seductora definición: “una plataforma de inspiración para artistas y desarrolladores de toda Europa, que se mueve en la tensión entre el electro arte y las formas alternativas de arte lúdicas”. Estas descripciones, que tanto abundan por ciudades repletas de rejillas como Berlín, marcan territorios de pasaje entre el mundo del “¿qué será esto?” y las nuevas invenciones. En este tipo de circuitos entran aquellas ideas que aparecen gracias al estímulo constante de un sistema que, aunque va siempre por lo nuevo, no siempre llega a digerirlo. Tal vez porque Alemania es actualmente de uno de los países con más patentes  en el mundo (está cuarto en el ranking, detrás de Estados Unidos, Chino y Japón, que le sacó el tercer puesto recientemente), en estas tierras, “el ocio creativo” y los lugares en los que se ejerce, están alumbrados por un aura especial.  Festivales como este, tienen la misión de oxigenar y fundamentalmente, de estimular el capital creativo de un país que se esmera por expandir la industria de las cosas que alguna vez parecieron imposibles.

 

Experiencias irritantes

El recorrido del Platine Fest no está predeterminado y uno puede saltar de espacio en espacio con total arbitrariedad, como quien camina por un barrio cualquiera. En este, claro, nos cruzaremos con exhibiciones particulares: street art de realidad aumentada, mapping con proyectores de origami, música proveniente de instrumentos lumínicos. Sin embargo, en la experiencia Platine, “ir a mirar” no es observar plácidamente algo en exhibición. “Ir a mirar” exige ir a tocar e intervenir, para deducir el sentido, la potencialidad o al menos, la experiencia que propone lo que se muestra. Estar dispuesto a exponerse como usuario, como espectador y antes que nada, siempre, como potencial co creador, es requisito. Hay que estar preparado: las experiencias que nos esperan podrían ser, en palabras de sus autores, “irritantes”, “inútiles”, “hápticas”,  “inteligentes”, “sin sentido” y sobre todo, “desconcertantes”. Así nos sentiremos cuando nos veamos invadidos por una máquina que nos escanea la cara, nos toca “la canción” surgida de nuestro algoritmo facial y nos lo brinda impreso en forma de partitura. O cuando nos encontremos sumergidos en una realidad virtual, montados en un caballito de madera para niños que auspicia como nuestro único dispositivo de control. Nunca sabremos cómo pero las pantallas de nuestros celulares dispararán sonidos desde parlantes fotosensibles y nuestros cuerpos afectarán un esquema lumínico que volverá a la normalidad al retirarnos de su alcance, “tal como sucede en la naturaleza cuando deja de ser invadida”.

 

La excusa tecnológica

Pronto descubriremos que no solo venimos al Patine Fest para disparar funciones de artefactos raros, también venimos para intentar entender aquello que un creador puede estar expresando con palabras aún insuficientes. Descubrimos que la interacción en estos casos, funciona como la excusa para comprender ideas más amplias, ideas que trascienden los dispositivos que las grafican. Muchas veces lo expuesto no se trata de un artefacto, sino de una manera de ver el mundo o de pensar la sociedad, capturados por ellos. Experimentos que proponen la transferencia de espectadores al mundo digital, es decir, que los convierten en algoritmos, sometidos a “dinámicas impredecibles y fortuitas”, pueden considerarse un experimento nerd, sí, pero también representaciones gráficas de la vida misma. En igual dirección puede operar en nosotros un videojuego que nos propone “sentir” la lógica industrial a través de una lista interminable de cosas por hacer, en la que cada participante sumará una partecita de engranaje, sin puntos ni ganador final, ad infinitum y agotador, como el sistema industrial es.

 

La pérdida de tiempo

Como en el juego, en este evento que dura tres días, se invita a todos a realizar una pérdida de tiempo representando cosas inútiles, en el que mucha gente se divierte y en apariencia, se va sin nada. Esta total pérdida de tiempo, y recursos, parecería capturar ciertos rasgos del Potlash, aquel  fascinante ritual descripto por los antropólogos, que consistía en  desperdiciar recursos para exhibir poder. Sin embargo, no hay que dejarse engañar, en eventos como el Platine Fest hay mucho más para ganar que para perder. Al igual que en el juego, algunos elementos surgen de profundidad, se perfeccionan y se retroalimentan de forma inesperada y fundamentalmente, colectiva. Cuando eso sucede se producen avances. Dicho en otras palabras, exhibiendo un pilón de cosas que “no sirven para nada” alguien bien podría encontrar una funcionalidad para hacerlas servir, dentro de otras ideas o en otro contexto, en otro momento. O bien, alguien podría escribir sobre este festival, para que otras personas lo repliquen alrededor del mundo. La dinámica de lo  gratuito, sin un propósito concreto y disperso, se propone como expresión real entonces de la modalidad “open source”. Citas de este estilo resaltan el hecho de que incluso en países en los que la modernización del Estado es una realidad, y la digitalización, una rutina, el encuentro cara a cara, analógico y old school, sigue siendo parte de las rutinas de las grandes creadores, dispuestos siempre, a jugar juntos.

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