Todos estamos en el catalogo

Le Sex

 

“Esta está en el Book del Sheraton” era una revelación que se escuchaba mucho a finales de los ochenta y principios de los noventa. Por entonces, una leyenda urbana aseguraba que si uno le daba una buena propina al botones del hotel, este entregaba una lista de escorts VIP, actrices y modelos que trabajaban únicamente con turistas y excepcionalmente con algún empresario local. La existencia del catálogo era una especie de “secreto a voces”.

Publicado en La Agenda . Ilustración Ninja Rojo

Sobre cómo era ese book había muchas versiones. Todas coincidían en que contenía fotos de las chicas de cuerpo entero, con close up de sus caras y un destaque de sus “puntos fuertes”. También la edad, los idiomas que hablaban y un ítem especial que revelaba algún que otro hobbie. Lo cholulo divertía pero era lo descarado de la venta lo que hacía que esta historia se replicara en cualquier vermucito de domingo. Hoy, escuchar a un sesentón vivaracho describir el Book del Sheraton a un Millenial tardío es una caída por el barranco de la vergüenza ajena. El componente cholulo sigue atrapando pero el resto de los detalles se resumen en un gesto adolescente de desconcierto, “¿y?”. Es 2016, todos estamos en el Book del Sheraton. Solo que fuera del Sheraton. Y no en un book. Estamos en Tinder, Happn, Badoo, OkCupid, redes que volvieron explícito aquello que relatos de romance y halos de predestinación venían simulando tan bien: la existencia de un mercado del deseo.

Como cualquier otro mercado, el del deseo establece un circuito con leyes de oferta y demanda, en el que ciertas cualidades (y las personas que las poseen) valen mucho más que otras. La competencia existe y los descartes también. Es cierto, en las redes de levante, el intercambio no es (al menos no solo) de sexo por dinero, sin embargo, algo en su similitud con el famoso book nos hace pensar en sus puntos de contacto. Que hayamos adoptado tan fácilmente un lenguaje de venta antes limitado al ámbito prostibulario probablemente representa la consagración de algo que hasta ahora era una verdad bastante bien camuflada: el criterio sexual le está ganando a todos los otros criterios, a la hora de elegir pareja. ¿Es obvio? Piénsenlo bien: ¿acaso hubo algún otro período histórico en el que la gente se eligiera “seriamente” primero y antes que nada, por calentura? Cualquiera que haya tenido un abuelo o tío abuelo sincero cerca, conoce esta respuesta.

El mercado del deseo no es nuevo, para nada. El filosofo suizo Denis de Rougemont se encargó de analizar el modo en que los humanos nos entrenamos para organizar nuestros impulsos sexuales a través de algo llamado “amor”. En su libro El amor y occidente este escéptico de los sentimientos deja en claro cómo la promoción de diferentes formatos sentimentales constituyeron, antes que nada, una cuestión de supervivencia de clases. En este sentido podemos decir que la oferta, demanda y competencia por emparejarse siempre existió. Lo que cambió en las últimas décadas es, según la socióloga israelí Eva Illouz, lo que deseamos y por qué lo deseamos. Hasta hace no tanto, nuestras emociones y destinos sentimentales estaban “guiados” por instituciones que establecían valores (matrimonio, familia, descendencia). Ellas marcaban claramente los objetivos de cada etapa de nuestras vidas, estandarizaban nuestras existencias y nos formaban criterios de lo que era una persona deseable y un futuro similar. Esas regulaciones afectivas eran parte de lo que podríamos denominar un “modelo keynesiano del amor”: como nuestras asociaciones románticas podían mejorar o arruinar nuestro status social, resultaba impensable librarlos a un golpe de calor entre las piernas. Tiempo más tarde, por diversas razones (como la caída de los relatos religiosos, el triunfo de “la razón”, las revoluciones sexuales y la liberación femenina) desregular la economía afectiva desembocó en esto que estamos viviendo: entregarla a las fluctuaciones de un elemento bastante impredecible como es la atracción sexual.

Cuando nada empuja, nada obliga y nada nos retiene en un formato de pareja determinado, la suerte amorosa depende de nuestras ganas de desear, ser deseado y de esperar a sentir “eso” que nos hará cerrar la búsqueda, al menos hasta nuevo aviso. Es la posibilidad de elección “24×7”, que tan bien capturan las redes sociales, lo que para Illouz marca el verdadero hito cultural más reciente del amor. Según ella, en la actualidad lo sexual toma tanta relevancia que llega a debilitar las jerarquías tradicionales de rango basadas en la riqueza, la educación, los valores morales y la estirpe. Entonces, si nos preguntamos por qué hoy tantas figuras públicas blanquean amantes que antes hubieran sido impresentables por su desfachatez sexual, probablemente esta sería la repuesta: todos tenemos derecho a elegir a quien más nos caliente y a convertirlo en nuestra pareja. Oficializar una calentura ya no es condenable. Ofrecernos para una calentura, tampoco. Allí están los futbolistas y las vedettes declarando su amor un viernes y su separación un lunes. Por esta razón ninguno de nosotros siente vergüenza al colgar fotos que nos muestran atractivos, acompañadas de slogans que nos definen interesantes. La autopromoción en este mercado ya no es opción: es supervivencia.

Sin la mediación de la familia ni la religión, para Illouz, que sean únicamente las “mariposas en el estomago” lo que nos hace determinar si estamos enamorados (o si debemos casarnos o separarnos) exacerba nuestra inestabilidad emocional al tiempo que acrecienta la incertidumbre. Hoy estamos solos frente a la elección de un “compañero de vida” y la cosa se complica cuando analizamos que encima, aquellos elementos que despiertan las mariposas en nuestro estomago no son tan únicos y especiales como creemos. Gracias al interminable proceso de estandarización cultural la seducción termina siendo una respuesta a determinados rasgos corporales y faciales señalados como “deseables”. Basta con abrir Tinder para confirmarlo. Vemos gente distinta respondiendo a patrones idénticos. Los motivos estéticos se repiten: cortes de pelo, planos, deportes extremos, viajes por el mundo, frases de autoayuda que resumen una personalidad, fotos de pies (?). En el mercado del deseo como en todos los otros, también se ofrecen productos estandarizados, de esos que aseguran la venta. En este, muchas veces esos productos somos nosotros.

También, como en otros mercados, en el del deseo lo que se muestra más disponible pierde valor. Feministas atentas: las primeras en entrar en este “outlet” sexual serían las mujeres con aspiraciones a la maternidad en el marco de relaciones domésticas heterosexuales. Esto debido a una mayor predisposición a concretar, “a venderse por menos”. Culpemos a los mandatos pero culpemos también al infalible reloj biológico. Y es acá donde la futurología se pone interesante. Para Illouz, lo que se viene en términos de relaciones heterosexuales de acá a cuarenta años está signado por el combate contra esta desigualdad. Según ella, todo parece indicar que además de liberarse del mandato de ser madres y padres, el próximo paso tanto para hombres como para mujeres será el de divorciar el proyecto de familia del de pareja romántica. Comprender que la pareja no debe por qué tener relación con el deseo de tener hijos (el cual se convertirá en un proyecto personal o grupal pero no amoroso) liberará a los encuentros de la presión en la que aun se ven sometidos en la actualidad. Para ella, esta será la brújula que guiará la construcción de las nuevas relaciones y marcará la verdadera diferencia entre estar por deseo o estar por necesidad y obligación. Si miramos bien, puede que este futuro ya esté llegando. Las ofertas de fertilizaciones asistidas para mujeres solteras y la facilitación de adopciones ya comienzan a responder a la demanda de quienes deciden desligar la reproducción del romance. En países del primer mundo, el Estado bien podría facilitar todos estos procesos, especialmente en aquellos cuya población está envejeciendo y el nacimiento de niños sea prioridad. Parajódicamente, de cumplirse esta profecía estaríamos volviendo exactamente al lugar en el que empezó todo: la conformación de núcleos familiares “convenientes”, con independencia de los grados de temperatura que estemos sintiendo entre las piernas.

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