BOMBAchita floja

Le Sex

“Tempone, acompañeme por favor”. El catequista me sacó del aula. Cuando lo vi enfilar para el cuartito supe lo que se venía: una charla reflexiva. Que ese platinado susanezco no era mi color natural (¡la obsesión católica por lo natural!), que el esmalte rojo no estaba permitido, que con qué necesidad usaba tanto rimel para ir al colegio. Todos esos comentarios los esperaba, más lo que vino, lo que vino no lo esperaba. “Señorita, lo único que voy a pedirle es que sea más discreta respecto a su vida sexual. Hasta en la sala de profesores hablan de lo que usted hace”.

Publicada en La Agenda  . Ilustración: Den Rosas

“Vida sexual” dijo.  ¡Vida sexual!

Al parecer, yo tenía una vida sexual ¡Y qué vida! Era una vida sexual intensa y escandalosa. Era una vida sexual alocada, descarrilada, rimbombate, que tenía a los profesores hablando de mi, y a mi catequista preocupado. La imagen que él reflejaba parecía tan importante que intenté enorgullecerme, sólo tenía que resolver algo antes: ¿Cómo alguien virgen podía tener una vida sexual? ¿Acaso ese par de besos con lengua y franeleo con el que flasheaba el amor de mi vida eran realmente una vida sexual? ¿Eran para tanto? Yo no sabía mucho del mundo por entonces, pero había algo que ya me había quedado claro, había una sola cosa peor que tener una vida sexual alocada: no tener, y no haber tenido nunca una vida sexual. No me atreví a confesar que era virgen. Salí del cuartito tan orgullosa como avergonzada. Bienvenida a la imposible tarea de la gestión de la reputación femenina.

Por entonces era ingenua para entender rápido lo que entendía horas después: el amor de mi vida, el de los besos con lengua, “boqueaba” sus fantasías como realidad y exageraba cada caricia al punto de convertirlo en un guión porno del que todos hablaban. Durante los días que siguieron me cayó la ficha. Caminaba por el pasillo y los pibes se codeaban. Las pibas me gritaban “bombachita floja”. Y además tenía el corazón roto. Todo esto sin vida sexual. Finalmente uno de los matones del colegio me pidió que repitiera con él lo que supuestamente hacía con el otro. Me dio los detalles. Y ahí me enteré cómo era mi vida sexual. Wow.

Los días que siguieron lloré en el baño mi nueva condición de paria social y el hecho de que ahora muchas chicas no quisieran juntarse conmigo en adelante, sus mamás no las dejaban. No lo sabía entonces pero estaba por encontrar mi manada.

Kafeeklatsch. Los alemanes tienen una palabra para definir el ritual femenino de juntarse a hablar desde las entrañas, confesarse verdades vergonzosas, revelarse detalles sexuales y llorar o reír como locas. Yo les conté a mis nuevas amigas, a las que no huyeron de mi, el nivel engorroso al que llegaba mi virginidad. Por primera vez en mi vida experimenté el grado de “calzonquitadismo” que tiene una reunión honesta de mujeres, algo que asustaría a cualquier hombre, especialmente de estar involucrado con alguna de ellas. Con el tiempo entendería que así como la inquisición supo llamar “brujas” a las que se las arreglaron para obtener placer sexual de manera camuflada en su vida cotidiana (y volar con una escoba),  la modernidad llamaría “chusmas” a las que practicaran con frecuencia el poderosísimo acto femenino de juntarse a diseccionar el mundo y reestablecer de manera privada el sentido de la moralidad y la justicia. Se los voy a revelar: el chusmerío constructivo crea cofradías y las cofradías empoderan. Aún hoy pocos imaginan el poder curativo, balsámico de las charlas femeninas sobre las heridas sociales. Lo fundamental que es para la sanidad mental de una chica ese lugar en el cual se lidia colectivamente con los exigencias contradictorias que nos impone el mundo (mi eje entonces era puta/virgen) y al cual se ingresa con una sola frase, que puede decirse también con una mirada: “a mi también me pasa”. Aunque el mundo crea que muchas mujeres juntas están solas. No tienen idea.



Mis nuevas amigas tenían algo, tal vez solo un poco mas, de vida sexual que yo. La mayoría eran vírgenes también pero estaban un par de niveles por encima en experiencia o quizá usaban aun mas rimel que yo. Tenían más agallas. Y como tenían más agallas, una de ellas hizo algo revelador. El mismo día en que le conté detalles de lo que había pasado y de lo que el amor de mi vida dijo que había pasado, ella reaccionó. A la salida  del colegio  compró el vaso de coca cola más grande que podía conseguirse en el barrio, se acercó al fabulador y le hizo señal de brindis. Se paró ante él, estiró la mano hacia su cara,  subió un poco más ¡y  le volcó el vaso desde el pelo a los zapatos! Con hielo y todo. Salió corriendo después. “Ahora él también está manchado”, me dijo. Ese día selló mi pertenencia a ese clan que solo saben armar las mujeres no infectadas por el mito de que entre nosotras únicamente competimos.
Lo que aprendí como mujer de todo eso, fue lo siguiente: nunca te cuides del que dirán, porque si sos hembra, la mayor parte de las veces, no va a tener que ver necesariamente con lo que realmente hagas sino con las personas con las que cruces. Y por ahi encima te perdés de tener una vida sexual. Cuando encontré mi tribu, el sexo y el aura que generaban a nuestro alrededor, comenzaron a divertirme ridículamente. Con el paso del tiempo fui comprendiendo el extraño mecanismo por el cual ellas y yo nos habíamos convertido en una especie de pantalla blanca sobre la que se proyectaban las intrigas y deseos sexuales de nuestros – muy vírgenes – compañeros y de nuestros – frustradísimos – profesores. El extraño mecanismo se llamaba “ser mujer” y abusar un poco (es el día de hoy que no se cuál es el punto justo) de las herramientas que con las que nos habían enseñado a serlo. En lo que quedó del secundario, mientras mi ex noviecito se erigía como el semental del Instituto, yo evitaba el pasillo como hoy evito las obras en construcción. Sin embargo, secreta y aisladamente me convertía en una futura estudiante de sociales con devoción por los estudios de género, en una feminista volcada hacia danzas prostibularias y en una periodista especializada en ¡sexo!, totalmente capaz de ir a un vivero a mirar cactus durante horas para ilustrar una “tipología de penes” sin sentir mansillado por eso, mi recorrido académico en la UBA. Cuando frente a algunos de mis articulos o de mis  shows de pole dance, algun catequista (a veces interno) vuelve a convocarme a una reunión en el cuartito de las reflexiones, escucho las risotadas de mis amigas y sonrío en  su honor. Cuanta diversión me hubiese perdido de no ser por aquella cofradía.

 

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