Lección 1: Defender la fantasía

Le Show

“¿Quién te creés que sos para montar TU París en un sótano de Palermo?”

Empecé a coquetear con la idea de hacer un show de caño, con canto en vivo y una escenografía de cabaret hace un largo tiempo.

Herramientas no me faltaban: ya casi alcanzaba mi tercer año de estudio de Pole Dance con la subcampeona mundial, Maria Luz Escalante, llevaba dos discos editados,  muchísimos shows en vivo y tenia un master en Cabarets parisinos, los había estudiado obsesivamente. Sin embargo, aunque lo fantaseaba con fervor, hasta hace siete meses siempre me las arreglaba para encontrar  excusas para no hacerlo.

Además de cantante y bailarina soy periodista, estudié duro para serlo. Trabajo con mi intelecto, vivo sola, nunca le pido plata a nadie, y vivo en un entorno que se podría calificar de “liberal”. Nadie se mete conmigo, yo no me meto con nadie.  Y sin embargo el miedo que sentía a medida que avanzaba era innegable. Cuando finalmente empecé a trabajar decidí cambiar el foco de cuestionamiento: deje de preguntar si yo podía, si yo servia, si yo, si yo, si yo y empecé a preguntarme de donde venia esa necesidad de preguntarme tanto. ¿A quien le tenia que rendir cuentas?

A medida que lograba crear postales reales de ese sueño pin up, una parte mia, infantil y aguerrida, la pasaba bomba. Esa parte me arrastraba con entusiasmo a ensayar a primera hora de la mañana, a entrenar como nunca en mi vida, a buscar aliados, ¡a encontrarlos!  Esa parte mía no me juzgaba, entendía perfectamente que se trataba de un juego. Otra parte, solo tenia una pregunta y la repetía sin parar: “¿Pero vos quien te crees que sos?”. “¿Quien te crees que sos para mostrar TUS canciones, hechas con TUS sentimientos, con TUS pensamientos, con TU voz? ¿Quién te crees que sos para exhibir TU cuerpo, para ostentar TU fuerza y crear TU mundo de cartón? ¿Quién te crees que sos para montar TU Paris en un sotano de barrio? Gran pregunta. Ahora, ¿Quien preguntaba?

En el proceso de hacer Oh L´Murz Leí casi tanto como entrené. Lo hablé en terapia. Investigué. Y entendí algo. Cuando una mujer se enfrenta a estos miedos, sirve, pero no demasiado, indagar únicamente en nuestras propias historias familiares. Si mamá fue castradora y papá sobreprotector en serio, no es tan importante. El miedo al poder es algo tan fuertemente impreso en nuestros ADN femeninos que jamás podría desaparecer solo porque dos o tres generaciones de mujeres parecieron burlarlo. Siglos de mujeres analfabetas, sin voz política, sin conocimiento de sus propios cuerpos, que se escondían en los bosques para bailar y aun así eran quemadas, no se van a borrar del inconsciente colectivo porque yo me ponga a hacer piruetas ligerita de ropa. Y es muy probable que ese mismo inconsciente boicotee mi propio proyecto si no me tomo el trabajo de conocerlo.

Muchas de nosotras somos la primer generación en nuestro árbol genealógico que logra títulos universitarios o que puede agarrar una mochila e irse a girar por el mundo sin ser diagnosticada con un trastorno mental, pero eso no nos libra de las pequeñas batallas diarias que tenemos que conquistar; defender nuestros tiempos, darle cuerpo a nuestras  ideas, dejar testimonio de la manera en que vemos el mundo.   Olvídense de la plata, de la belleza y la juventud.

El verdadero poder es el poder de concretar. No existe nada mas poderoso en este planeta que la gente que concreta sus fantasías. No hablo del poder de gobernar un país, de dirigir una empresa, de darle ordenes a hombres. Hablo del pequeño poder cotidiano, el de permitirnos el tremendo lujo de vivir como queremos, de disfrutar nuestros cuerpos sin obsesionarnos con que se supone esta mal en ellos, de no pedir permiso o perdón por poner nuestra visión de las cosas en palabras, nuestros deseos en pedidos, nuestras fantasías en imágenes.

Yo sé que hay miles de canciones y de libros hechos por mujeres circulando por ahí, pero estoy segura de que hay mucho mas de miles, durmiendo en cajones, paralizados por miedo. ¿Miedo a qué? Ya tienen la respuesta.

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Un comentario en “Lección 1: Defender la fantasía

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